28 ene. 2012

Una vida espiritual sin género

Una de las imágenes más extendidas a lo largo del sureste asiático se presenta bañada por los tonos anaranjados de las túnicas que grácilmente llevan los monjes budistas. Tailandia, Laos o Camboya, por donde quiera que vayas aparece su silueta inconfundible e indisociable de esta parte del globo. Solo en Tailandia, existen más de 30.000 templos o monasterios. Un país donde la comunidad budista cuenta con unos 300.000 monjes. En este contexto, sorprenderá saber que el número de monjas o mae chii (religiosas de orden inferior) no supere las 15.000, de las cuales tan solo 25 se consideran bhikkhunis (el equivalente femenino al monje).

Las monjas o mae chii se afeitan la cabeza y llevan hábitos de color blanco.
Foto: Danuta-Assia Othman

La diferencia trasciende cualquier dato y plantea la discusión en términos de desigualdad en cuanto al papel y al reconocimiento de la mujer en el budismo. Y es que el budismo tailandés estrecha una perspectiva un tanto conservadora en la que reconoce a las monjas (mae chii) pero sólo a los hombres se les permite ser monjes (bhikkhu). Desde la oposición argumentan que el linaje de ordenación bhikkhuni se extinguió de la rama theravada hace miles de años. Por este motivo, el clero tailandés defiende la idea de que es imposible establecer una versión femenina.

El desacuerdo no se queda ahí. La discriminación y la falta de apoyo se extienden entre la opinión pública tailandesa, la cual ofrece una resistencia palpable no exenta de polémica. Un criterio cuasi unánime que considera que las mujeres no están hechas para la vida monástica, dejando como única opción la acumulación de méritos para que en la siguiente vida puedan nacer con un rol diferente. En este sentido, la posición de la mujer no sólo es 'inferior' respecto a la del hombre sino que tampoco disfruta de los mismos derechos y prestaciones sociales, ni recibe las mismas muestras de respeto o donativos. Una constante desventaja que se resiste a reconocer la oficialidad a las mujeres que quieran ordenarse como monjes (bhikkhunis) y que sin embargo, se ven obligadas a seguir 311 preceptos frente a los 277 que deben cumplir los monjes.

Lejos de intimidar la voluntad de aquellas que quieran vivir una vida religiosa, son cada vez más las mujeres que engrosan las filas en una lucha que camina con paso firme hacia la igualdad y el reconocimiento legal. Sin ir más lejos, este año se cumple una década desde que Dhammarakhita fuera nombrada la primera mujer monje en Tailandia. Con la convicción y la determinación de quien sabe que está haciendo lo correcto, esta mujer que ya supera la sesentena, ocupa las páginas que marcan un nuevo capítulo en el budismo tailandés. Una decisión que rompió moldes y superó cualquier obstáculo hasta el punto de pedir el divorcio a su entonces marido. 

Hoy en día, Dhammarakhita continúa entregada al budismo desde el templo situado en Nakhonpathon, a una hora de la capital. Una comunidad que, afortunadamente, ya cuenta con nueve bhikkhunis. Un esfuerzo que descansa en la búsqueda de la igualdad en las esferas religiosas y se desvincula de cualquier movimiento feminista que se le asocie. Ahí es nada.



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25 ene. 2012

La mirada exógena

A menudo me preguntan si debería o no implicarme más en los textos. Tratar, al menos, de acercarlos a un terreno personal, cercano en el que apenas medie la distancia entre las palabras y el lector. Una cuestión compleja que hunde sus raíces mucho antes, en la comunicación intercultural, en la mirada exógena del viaje. Una relación si se quiere 'dialéctica' entre el 'yo' y el 'otro'. 

Nos sumergimos en el viaje. Convertidos en un punto de vista único somos parte anónima del conjunto que nos rodea. Un contexto desconocido en el que nuestra identidad cultural y personal se ve sometida a continuos cambios, cuyas variaciones suponen en ocasiones un choque de expectativas. Ya lo decía Weber, "por lo que hace a la comprensión y a la comunicación debemos darnos cuenta de que el otro, que no pertenece a mi cultura, no piensa obligatoriamente la realidad como yo la conozco y a la inversa". 

Recorremos destinos, queremos ver directamente con nuestros propios ojos todo cuando acontece. Hacemos conjeturas respecto a lo que aquello significa hasta tal punto de trasladarnos al 'otro lado'. Un ejercicio que con ahínco y cierta predisposición tiene como recompensa un continuo maravillarse. Nos aproximamos con la voluntad de ser identificados en una valoración desprejuiciada y con derecho a la similitud. Y en este punto de inflexión nos damos cuenta que la identidad personal con la que viajamos no es más que el resultado de la cultura que nos socializa. Un contacto que intenta barrer fronteras, atravesar muros invisibles e ir más allá del puro e iniciático intercambio de mensajes para ahondar en la creación de significados. Siempre con una mirada autocrítica y de humor para tratar de entender al 'otro'. 

Tras un tiempo en movimiento me pregunto que tal vez no exista tal muro que separe ambos mundos. Y en caso de que exista, dependerá del grado de implicación de cada uno hasta reducirlo a un mero y endeble tabique de cartón. Una cuestión de perspectiva que ayude a establecer la individualidad de cada cultura, entendiendo ésta como un producto diverso formado por distintas identidades, un fenómeno plural.


Foto: Danuta-Assia Othman


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22 ene. 2012

Divina creación

Todavía no ha amanecido. La oscuridad parece envolver los rincones de una ciudad que todavía duerme. El sueño me invade y dificulta cada movimiento. Con torpeza me cambio como puedo no sin antes darme una ducha de agua fría que me ayude a despertarme. Me vuelvo a asomar. La noche continúa en un cielo opaco causado por la ausencia de la luna. Por delante me esperan algo más de media hora a golpe de pedal por unos caminos donde la iluminación escasea y la prudencia se convierte en mi mejor compañera. Sin saber muy bien por dónde ir, enfilo mapa en mano un recorrido acompañada por otros madrugadores que como yo han decidido aventurarse desde bien temprano.

La incertidumbre de lo desconocido pronto da paso a una certeza que tranquiliza y se aleja de una probable desorientación. Extremo los sentidos en un intento de precaución que me proteja de la conducción temeraria que parece imperar en el Reino de Camboya. Sin dejar tiempo a los gorjeos propios del alba, el sonido de las bocinas acapara el ambiente somnoliento de las primeras horas del día. Los indicios de una densa vegetación confirman el final del trayecto y el comienzo de una visita única y espectacular. Me encuentro ante un tesoro arqueológico cuya belleza insólita y enorme complejidad provocan la admiración de todo aquel que lo visite: los templos de Angkor.
 


Foto: Danuta-Assia Othman 

 Foto: Danuta-Assia Othman

Son muchas las descripciones prodigiosas que a lo largo de la historia se han aproximado ocupando páginas enteras. Y es que cualquier intento no resulta suficiente para abarcar ese estadio superior de creación perfecta que parecen ostentar estos templos. Un lugar sublime donde saborear un despliegue de dimensiones imperiales al servicio de la devoción espiritual y la ambición creativa. Para enamorarse de esta imponente obra basta con poner un pie entre sus hipnóticas ruinas. Si los edificios son la memoria de una ciudad, Angkor Wat representa una grandiosa muestra que delata el talento de la civilización jemer entre los siglos IX y XIII.

El día avanza en este particular viaje al pasado, perdido en la memoria del tiempo. Las imponentes piedras que moldean y acarician la perfección conforman algo más que un complejo religioso de proporciones colosales, sino que además representan el corazón espiritual e identidad del pueblo jemer. No hace falta acercarse hasta aquí para darse cuenta de la presencia que simboliza Angkor. Desde la bandera hasta la cerveza bajo el eslogan de “My country, my beer”, los camboyanos exhiben con orgullo la que bien podría ser la octava maravilla del mundo. Una maravilla de genialidad arquitectónica y escultórica cargada de detalles cuya minuciosidad nos dejarán en un estado de perplejidad constante. 

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Es innegable que las palabras están ahí, a la espera de ser escogidas aunque en ocasiones como esta valga más la pena abandonarse a su disfrute y a invitar encarecidamente a que otros lo hagan en esta mítica ‘ciudad perdida’. La fascinación rodea este espectáculo visual sin parangón donde lo mejor aguarda en las visitas repetidas. Un lugar donde empaparse de espiritualidad, misticismo, historia…y al mismo tiempo sentir el privilegio de ser espectador de esta arrebatadora imagen. Un refinamiento y una maestría que permanecen incólumes al paso del tiempo y sorprenden como un espejismo.

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18 ene. 2012

Ruta fluvial por Camboya

Siguiendo la conocida premisa 'el trayecto es tan importante o más que el destino' decidí viajar desde la relajada población de Battambang hasta la ciudad de los templos de Siem Reap en barco, un medio de transporte que prometía una travesía de lo más pintoresca. Un recorrido interesante que atraviesa decenas de aldeas flotantes en el transcurso del río Stung Sangker y el lago Tonlé Sap, la mayor extensión de agua dulce del sureste asiático. Sin duda una panorámica magnífica donde observar la vida de quienes habitan sus aguas. Decenas de poblados suspendidos se adueñan de un paisaje que acopla en su geografía una vasta llanura que ocupa la parte central del país. Un escenario de horizontes inundados donde escasea la tierra firme. 

El viaje más encantador de Camboya comienza temprano en una jornada que se extiende hasta bien entrada la tarde. Un tiempo que dependerá en gran medida del número de averías que se presenten a su paso. Y es que el barco serpentea estrechas vías fluviales de frondosa vegetación que dificultan en ocasiones la navegación y proporcionan algún rasguño que otro. La tranquilidad de un decorado que depara magníficas vistas convierte el camino en una experiencia absolutamente recomendable en la agenda del viajero. La autenticidad de una Camboya diferente, constituye un más que justificable reclamo para quienes busquen el encanto en esta fascinante región.

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

Los destellos de un Sol implacable nos advierten que ya llevamos un buen rato a bordo de este atractivo crucero. El paso de las horas se desvirtúa a merced de una ruta escénica que cautiva desde el primer momento. La pesca y el comercio acaparan las actividades de unos habitantes que se ven obligados a adaptar sus costumbres y ritmos vitales a los ciclos de agua marcados por la temporada seca (de noviembre a mayo) y de lluvias (de junio a octubre). Ésta última, una época que provoca el desplazamiento de las casas debido a la considerable crecida del río. Una distribución urbanística caprichosa que vive a expensas de este singular medio acuático.

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

El tráfico fluvial obliga a reducir la velocidad y a descansar por unos instantes del estridente ruido del motor. Los lugareños de estos diminutos pueblos se asoman curiosos en un intercambio de saludos no exentos de sonrisas. En su mayoría, son de origen vietnamita, me comenta el 'capitán' de la embarcación. Llegaron en la década de los años ochenta perseguidos por los Jemeres Rojos. Hoy en día, conviven en armonía con otras minorías étnicas propias de Camboya como los musulmanes cham. Agazapados en barcos de popa larga, los locales se acercan en un contacto que busca el pequeño negocio. Un hecho que no sorprende si consideramos los escasos recursos de este medio de vida alejado del mundanal ruido de las concurridas ciudades. 

Compartir por unos instantes el latido del día a día de las aldeas flotantes invita a la reflexión en una inevitable comparativa con la dimensión del viajero. Una lección que nos obliga a replantearnos la mirada exógena y a entender los códigos propios de la nueva cultura. Un ejercicio enriquecedor de asombro y humildad que nos permitirá apreciar con mayor intensidad la personalidad de este bello lugar, patrimonio de quien quiera disfrutarlo.


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14 ene. 2012

Una boda camboyana

Todo empezó una tarde cualquiera mientras descansábamos entre clase y clase. Los alumnos, algo alborotados, disfrutaban de un merecido paréntesis antes de reanudar las lecciones de inglés. Uno de los profesores, Mr. Poon, me preguntó qué hacia para Nochevieja. "Todavía no tengo plan", contesté. "¿Te apetecería asistir a una boda camboyana?", "¡Por supuesto!", contesté emocionada por la invitación. No todos los días se tiene la oportunidad de presenciar una muestra representativa de las tradiciones culturales del Reino de Camboya.

El final del monzón no solo supone el comienzo de unos días marcados por las elevadas temperaturas sino que también da el pistoletazo de salida a la temporada de bodas. Cada día se celebran enlaces por doquier, una unión que alcanza la categoría de 'bodorrio'. Un periodo que los camboyanos esperan algo ansiosos y con entusiasmo. Y es que el matrimonio representa un acontecimiento trascendental y de suma importancia, hasta cierto punto obsesivo cuando cumplen la mayoría de edad. Un hecho que no es de extrañar si tenemos en cuenta que la familia es el eje vertebrador de la sociedad jemer, algo más que una estructura o núcleo parental. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

Mr. Poon acude puntual a recogerme. Enfundado en un traje de amplias hombreras y dos tallas más que le corresponden, nos subimos a la moto en un trayecto que no tiene pérdida ya que la música resuena a kilómetros de distancia. Un festín de llamativos colores aguardan en la entrada en un pasillo compuesto de damas y caballeros de honor vestidos del mismo color que los novios. Un color que dependerá del día en que caiga la boda. La discreción es un término que no tiene cabida en el vestuario y la decoración de este tipo de ceremonias, en las que la pareja se cambia hasta cinco veces. Fucsias, naranjas y una cierta predilección por el dorado componen la paleta de colores de unas telas satinadas y bordadas con encaje y pedrería. Una profusión de atuendos rematados por un maquillaje recargado y unos peinados donde triunfa el cardado y las extensiones postizas.

Tras felicitar a la pareja en nupcias, nos sentamos en unas mesas que acogen hasta diez comensales. Platos y más platos de deliciosa y copiosa comida forman parte de un banquete en exceso que augura una digestión poco liviana. Llama la atención la gran cantidad de brindis con cerveza que interrumpen incesantemente cada bocado. Un elixir encargado de 'amenizar' el ambiente de cada bufete rematado por una música estridente que no tiene desperdicio. Mientras, los niños pobres merodean con gran habilidad escurridiza para recoger las decenas de latas que posteriormente revenderán. Una escena que contrasta con el derroche que se exhibe en este tipo de fiestas y cuyo precio se sitúa entre 1.000$ y 3.000$. Algo elevado para los estándares de vida del país pero que los novios recuperan en gran parte gracias a los sobres que reciben de los invitados.

La noche prosigue en un ambiente distendido y desinibido en la que la ceremonia religiosa queda reservada al espacio íntimo al que acuden los novios y los monjes. La celebración alcanza el cenit con la llegada del pastel. Rodeados por los invitados, los prometidos se ven sorprendidos por la serpentina y las bengalas que entre aplausos animan al esperado (y tímido) beso. Tras la reverencia correpondiente a los padres de éstos, tiene lugar la sesión de fotos con posados aquí y allá. Vecinos de otros poblados se acercan curiosos para presenciar el más festivo de los actos de la cultura camboyana. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

El ritual se ve completado por el momento del baile al que todo el mundo se une acompasado por unos movimientos que danzan al ritmo de la música tradicional y otros hits encargados de entretener a un público entregado al disfrute. Ya es medianoche y con ella la energía de los asistentes empieza a menguar en una estampa singular. El ajetreo se reduce a aquellos que se resisten a abandonar la 'pista' de bailoteo. Algo cansados, decimos adiós no sin antes volver a felicitar a los protagonistas en una velada que sin duda recordarán (y recordaré)  para siempre.
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11 ene. 2012

Kampot, más allá de la pimienta

Llegué un día a la sureña Kampot con la ignorancia propia de quienes descubren un lugar sin apenas saber nada. O muy poco. Pronto descubriría que esta apacible y encantadora ciudad ribereña es algo más que su afamada (y exquisita) pimienta cuyo aroma y sabor inconfundibles ponen la nota olfativa al viaje. Una experiencia gastronómica de visita obligada. Situada apenas a cuatro horas de la capital, Kampot representa una escapada perfecta para zambullirse en un paisaje de interminables arrozales que comparten escenario con las omnipresentes y esbeltas palmeras. Una tonalidad matizada por las coloridas casas elevadas sobre palafitos donde disfrutar de una apacible sombra mecida por el vaivén de una raída hamaca.

Foto: Danuta-Assia Othman

El día se abre paso entre tempranas jornadas dedicadas al cuidado de la tierra, imprescindible sustento y forma de vida de los que habitan la exuberante campiña camboyana. Una provincia que juega con el tiempo y le confiere un estatus atemporal. El horizonte está formado por un territorio de intenso sabor local rodeado por una decadente arquitectura colonial francesa. Un encanto que enriquece el paso del viajero e invita a quedarse a buen riesgo de perder la noción del tiempo. Son ya unos cuantos quienes decidieron seguir el apacible ritmo de Kampot formando una nutrida comunidad internacional de aires desapercibidos.

La magia de este emplazamiento costero compite con las escenas cotidianas que nos acercan y ayudan a comprender la singularidad de un modo de vida que parece no haber variado. El reposo se presenta aquí como una tarea de carácter obligado, puerta de entrada a un estado relajado donde el mejor consejo es dejarse llevar. Sucumbir al deleite de la tranquilidad proporciona una paz y una armonía únicas en este lugar de la costa sur de Camboya. Entrañables momentos le esperan al viajero que decida pasar un tiempo en esta localidad. Y es que Kampot conviene explorarla a golpe de pedal, con la libertad de un medio que nos permite llegar a los confines que rodean a esta localidad. Multitud de pequeñas aldeas aparecen diseminadas a cuenta gotas. Detenerse garantiza un contacto con los lugareños difícilmente de olvidar. En un lenguaje que no entiende de palabras, los gestos protagonizan un entendimiento donde no faltan las sonrisas. "Susadai!" (¡hola!) responden a modo de cálida bienvenida. 

Foto: Danuta-Assia Othman

En este rincón poco acostumbrado a toparse con forasteros sorprende la reacción con la que reciben al visitante. Mezclarse por unos instantes con sus gentes asegura una autenticidad palpable. Los más pequeños corretean algo excitados ante la visita entre voces que gritan "Hello!". Las tareas se reparten en un itinerario que recorre desde la pesca, el cultivo del arroz y otros cometidos como el remiendo de los gastados hilos que componen las precarias redes. El escenario se repite en cada poblado donde la idiosincrasia varía y complementa el rico tejido de la vida rural en la meridional Kampuchea. 

Foto: Danuta-Assia Othman




 Foto: Danuta-Assia Othman

El distrito de Kampot condensa la esencia de un pueblo que muestra sin tapujos una cortesía que cautivará al viajero. Calibrar su importancia condensada en los pequeños detalles permite ahondar en una cultura cuya población en su mayoría vive en el campo. El silencio de sus espacios abiertos proporciona al viaje una grata sensación de libertad. La improvisación ejerce de cicerone y nos brinda la oportunidad de sorprendernos en un recorrido que no defraudará al viajero. Un decorado magnífico para disfrutar de un excelente ambiente rústico.
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7 ene. 2012

'La colina de los árboles venenosos'

He aquí un texto áspero, incómodo, de los que dejan un sabor amargo. Palabras que rasgan el ánimo e intentan aproximarse a una realidad pasada difícil de soportar y aún más de digerir. Un camino escarpado y perturbador. Este es un viaje en silencio, donde la reflexión se hace eco de unas imágenes que cuentan una terrible historia acontecida entre 1975 y 1979: el genocidio camboyano brutalmente ejecutado por el régimen comunista de los Jemeres Rojos.

El día amanece teñido de un gris propio de los días nublados, preludio a una visita donde no tiene cabida el color. Un lugar espeluznante y conmovedor, testimonio de unos sucesos que marcan de por vida. Me encuentro en el Museo de los Crímenes Genocidas Tuol Sleng, cuyo nombre en jemer significa 'La colina de los árboles venenosos'. Un nombre sin duda apropiado, también conocido como S-21. Recorrer sus cuatro edificios supone caminar cabizbajo entre paredes que guardan en silencio las atrocidades que sufrieron unos 20.000 prisioneros de todas las edades y condiciones, desde recién nacidos hasta ancianos. Las fotografías que se exhiben en algunas de las salas evidencian el trágico archivo de unas víctimas torturadas hasta la muerte bajo una ideología extremista que creó centros de reclusión como este con el fin de 'buscar al enemigo oculto'. Sorprende la elección de un espacio cuyas aulas pertenecieron a un prestigioso colegio de la capital camboyana.

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

Bajo un estilo arquitectónico francés, los cuatro edificios presentan una estructura similar dividida en varias alturas con amplios corredores y organizada entorno a un patio situado justo a la entrada que acoge las tumbas de las últimas víctimas asesinadas poco antes de la invasión vietnamita. Las escenas de horror y pánico aparecen a medida que avanzamos en este particular viaje en el tiempo, un viaje al dolor pero imprescindible para comprender la realidad de un país que intenta, con gran esfuerzo, abandonar este pesado lastre. La tiranía, el hambre y la explotación de esta masacre representan una atrocidad incalculable. El recorrido se torna escalofriante a cada paso bajo una idéntica escenografía criminal. Celdas, salas de interrogatorio y tortura permanecen ante el espectador en un ambiente que corta la respiración. La imaginación alcanza aquí cotas grotescas alimentada por unas imágenes que muestran unos rostros difíciles de olvidar entre paredes de yeso y baldosines.


 Foto: Danuta-Assia Othman

La dificultad se acentúa en cada tramo. El paréntesis supone una parada obligatoria donde recobrar el aliento. Un alto que invita a la introspección. La marcha prosigue en un itinerario marcado por el sigilo y la discreción de unos carteles que nos advierten y prohíben de cualquier expresión emotiva. Las miradas se cruzan pensativas entre las decenas de personas que cada día visitan la célebre prisión de alta seguridad de la Kampuchea Democrática S-21. Más allá del reclamo turístico, la concienciación se presta aquí prioritaria y su conocimiento una herramienta histórica fundamental para que no se vuelva a repetir semejante exterminio, una monstruosidad sin precedentes en el Sudeste Asiático.

La ruta por el holocausto jemer finaliza no sin antes haber dado una fuerte sacudida. Un itinerario de espanto que nos advierte hasta dónde puede llegar la crueldad del ser humano. Los restos de un martirio que duró tres años, ocho meses y veinte días. Un recuerdo guardián de la masacre desgarradora de Pol Pot.


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4 ene. 2012

Camboya, algo más que templos

Se abre el telón y aparece una tierra compuesta por deslumbrantes escenarios protagonistas de una naturaleza indómita repleta de extensos campos de arroz y palmeras entre bucólicas y pintorescas aldeas. Un maravilloso paisaje que proporciona al viajero un regocijo constante. El asombro que produce se incrementa gracias al carácter de un pueblo que se muestra cálido y acogedor con el visitante. Así es el Reino de Camboya, un compendio de encantos que hechizan y la hacen tremendamente irresistible.


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1 ene. 2012

Una mujer sobre ruedas

Os presento a una mujer que tiene por nombre 'viajera' y por apellidos 'intrépida' e 'inconformista'. Esta es la historia de una joven aventurera de espíritu inquieto. Con el mapa abierto en busca de nuevos horizontes, nuevas sensaciones y nuevos aprendizajes, Johanna Panzani con tan solo dos décadas en su mochila, se lanzó en un viaje de tres semanas que le llevaría a recorrer en una modesta motocicleta la vasta geografía vietnamita, de norte a sur. Una peripecia movida por una infinita curiosidad por conocer otras realidades alejadas de una ruta a menudo trillada de la que resulta complicado escapar.


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