29 mar. 2012

El Sahara de Vietnam

Hace días que una bombilla desnuda ilumina a tientas el suelo ennegrecido de una habitación húmeda y con poco encanto. Hace frío y para colmo, la desvencijada puerta del balcón no se cierra del todo. Me cuesta recordar la última vez que vi un cielo despejado en lo que llevo de viaje por Vietnam. Embutida entre tantas capas como prendas llevo en mi mochila, trato de recuperarme de una fiebre que se ha convertido ya en compañera de viaje.

A falta de una medicación que calme este exceso de décimas, me entretengo entre caramelos de jengibre, cortesía de unos viajeros japoneses con quienes comparto habitáculo, y el trazo de un mapa donde fantaseo con el manto del trópico que hasta estas tierras me había acompañado. Necesito descansar, pero ¿hasta cuándo? La irresistible necesidad de mirar hacia delante impacienta mi desgastado ánimo. Una atmósfera enrarecida envuelve las seis camas que ocupan el dormitorio. Me pregunto si vendrá algún viajero nuevo, sólo somos cuatro. Escucho los renqueos de las motocicletas y los túk túks que discurren en una calle paralela.

A la espera de recuperar una energía que ya tarda demasiado en regresar, decido perderme en la belleza del camino recorrido. Arrollando mis recuerdos en su fluir me detengo en la inmensidad del detalle, eclipsada por una extraordinaria geografía algo desconcertante. Un lugar donde los caminos se desasosiegan y el tráfico se desatraganta a merced de un pequeño pueblo costero vietnamita anclado a veinticinco kilómetros de la ciudad de Phan Thiet. Antaño solitaria franja litoral convertida hoy en un destino popular, en la playa vietnamita por excelencia. Me encuentro en Mui Ne, una apacible localidad pesquera situada en la provincia de Binh Thuan, al sur de la costa central del país.

Al somnoliento pueblo donde aguarda una población heredera de la tradición y de tiempos pretéritos, se contrapone kilómetros de angosta playa flanqueada en su mayoría por palmeras (cada vez menos) y complejos hoteleros (cada vez más), que junto a escuelas clonadas puerta a puerta de windsurf y kitesurf componen el paisanaje con su indefectible olfato de construcción desmedida. Vientos, tumbonas y precios muy a la europea aparte, Mui Ne se distingue por su peculiar enclave natural, situado a las afueras de esta caldeada aldea. Y es que lo último que el viajero espera encontrar por estas latitudes es un desierto compuesto de dunas de arena blanca rodeadas de nenúfares. Un paisaje que merece mayor aplauso e interés a las cercanas dunas de arena rojiza ubicadas a unos siete kilómetros del pueblo. 

Foto: Danuta-Assia Othman

Acercarse hasta ellas garantiza una experiencia memorable al servicio del deleite y el disfrute de unas vistas sensacionales que nos acompañarán durante todo el trayecto, siguiendo los contornos de una costa abrupta esculpida por el mar de la China Meridional, conocido como Nan Hai y traducido como 'mar del sur'. La decepción es imposible en un lugar como este. Y hasta él decido viajar y encaminar los pasos de mi memoria desde el deslucido camastro que sostiene mi agotado cuerpo.
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26 mar. 2012

En tiempos de low cost

Viajar, viajar y viajar. ¿A cualquier destino? ¿A cualquier precio? Paisajes que mudan de apariencia en cuanto viene el fin de semana. Raudo y veloz, el viaje transcurre sin que apenas nos demos cuenta. Una colección de lugares que atienden a una imaginación desbocada, escenario de planes imposibles. O no. El acumulo de maravillas, breves pero intensas, produce una borrachera de sensaciones que termina por anestesiar nuestra capacidad de asombro. 

Horizontes recortados por la silueta del tiempo que sin orden aparente serpentean en nuestra memoria, huérfanos de contenido. En este escenario de frenesí, la intensidad se convierte en la unidad de medida a la hora de enfrentarse al viaje aún a riesgo de sufrir un empache en el que poco o nada se saborea. Las prisas envuelven al destino elegido y junto a este, a nosotros mismos. 



 Foto: Forges

En una sociedad en continua aceleración, el 'fast travel' se impone como tendencia generalizada y tentadora. Y es que el turismo, con sus bondades y sus miserias, va marcando un antes y un después. Frente a la cadencia pausada del viaje de antaño. hoy consumimos éste a modo de escapada, un espacio corto de tiempo en el que aprovechamos para hacer algo.  O mejor dicho, explotamos cualquier rincón de nuestro reloj para atiborrarnos de experiencias sin dejar sitio a la calma o a la placidez que entraña el propio viaje. La apacibilidad se ve sustituida por una cierta ansiedad ante una lista interminable de cosas que ver y hacer, a sabiendas de que no llegaremos ni a la mitad, pero eso sí, agotados.

Una bandeja de irresistibles precios se 'contonea' entre nosotros continuamente. Cada día, el bombardeo de ofertas acorrala al potencial viajero en una suerte de cerco, un canto de sirenas que resulta difícil rechazar. En este circuito de pasos apresurados, la elección del destino viene predeterminada por su coste, es el precio quien decide por nosotros. Arrastrados por la corriente de unos importes indefectiblemente sugestivos, viajamos a las faldas de lo desconocido con las respuestas, sin apenas dejar hueco a la improvisación. Y frente a este fenómeno uno se siente como en una estación, siempre pasajero. Las huellas se diluyen con la misma rapidez y celeridad dejando paso a la siguiente ocasión. Una ocasión que espera su turno ya impaciente.

En tiempos de low cost, decíamos, los viajes experimentan un proceso de horizontalización, extendiendo sus tentáculos hasta los confines, y democratizando un tipo de experiencia que ya no es privilegio exclusivo de una minoría adinerada sino que se convierte en un bien al servicio y al alcance de todos nosotros. Hacer un buen uso y responsable de ello  dependerá en gran medida de nuestra destreza a la hora de saber jugar a este tipo de malabares. Tal vez vaya siendo hora de reflexionar sobre sus virtudes y sus inconvenientes. Quizás haya llegado el momento de invertir el concepto de 'consumidor barato' por el de 'consumidor inteligente', fruto de un público cada vez más experto y exigente. Un cambio de actitud que repercutirá, en gran medida, en el resultado de nuestra escapada. 
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23 mar. 2012

Birmania, en la frontera

La cámara de Viajes en Caleidoscopio se adentra en el corazón de un pueblo inconfundible, el birmano, de la mano de su más genuina expresión: los niños. Miradas ancladas a tan sólo cuatro kilómetros de su país natal, estos 'pequeños' viajeros por necesidad, llegan hasta la localidad de Mae Sot (Tailandia), con la esperanza de una vida mejor. Fotos: Danuta-Assia Othman.


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19 mar. 2012

Müang Sing. Capítulo 5

Resulta evidente que lo que nos rodea nos hace ver la vida de determinada manera. Tal vez por este motivo, aquel hombre de mediana edad y ceño permanentemente fruncido, empezó a gesticular toda una batería de preguntas más próximas a un interrogatorio que a una conversación espontánea e informal fruto de una mesa compartida. Como otras tantas veces, la curiosidad por entender qué hacía una mujer joven viajando sola por aquellas latitudes, le llevó a preguntar todo aquello que se le ocurría. Y es que son pocas las veces que, las gentes que habitan este lugar fronterizo con China, tienen la oportunidad de cambiar el marco de referencia al que están acostumbrados.

El asombro y cierta perplejidad acompañaron a cada una de las reacciones a mis respuestas. Poco a poco se fueron incorporando a esta suerte de entrevista el resto de comensales, animados por el fisgoneo que caracterizaba algunas de las cuestiones un tanto indiscretas. La timidez y retraimiento que suelen definir el carácter de los laosianos asentados en regiones algo remotas, dio paso a una singular aproximación. 

El azar de los viajes presenta a menudo ambigüedades como esa, para beneficio y suerte del viajero. Es emocionante observar cómo se va adaptando el pensamiento, un pensamiento cuya razón navega a contracorriente a pesar de los tópicos reinantes. Lejos de extremar opiniones, asistimos a un interesante acercamiento donde media la comprensión y la tolerancia hacia el otro. Una situación que nos recuerda que tal vez no exista un 'nosotros' y un 'otros', sino que ese 'otro' seguramente seamos nosotros. 

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

En un intento por emular la destreza con la que enriquecen magistralmente cualquier caldo a base de un específico brebaje compuesto por un variado repertorio de especies, esos mismos compañeros no solo de palabra sino también de mesa, me desvelan de buen grado el secreto de tan suculenta combinación. Tomo nota sin apenas pestañear, la precisión y el orden devienen aquí en factores fundamentales para lograr un buen resultado. Una condición indispensable si se quiere saborear y degustar la verdadera esencia de la cocina laosiana. Absolutamente delicioso.

El compromiso de retomar las obligaciones laborales, pone punto final a un encuentro que guardaré a buen recaudo. Así son los prodigios cotidianos, imprevistos que sazonan el dia cuya previsión nada parecía presagiar este tipo de hallazgos. Un gozoso descubrimiento dispuesto a desmontar cualquier referente, cualquier idea preconcebida, siempre enquilosada. Continúo deambulando al servicio de unos matices variados y precisos, en un aire cargado de aromas propios que desprende la diversidad.

Con un sol ya en vertical, los ecos propios de la algarabía que entona el mercado empiezan a disminuir en una desaceleración progresiva que cerrará sus puertas a media mañana. Situado al noroeste del pueblo, salgo a explorar los alrededores de esta somnolienta localidad subida en una desafinada y ajada bicicleta. La orografía y la vegetación van cambiando según la altitud y sirven de aviso al viajero. Un camino verdegueante rodeado por un húmedo anillo de naturaleza mientras la vista abraza un horizonte vasto, donde siempre prevalece la impresión de inmensidad. La contemplación de una vida sin edad, rodea los confines de una visita memorable, objeto de reflexión hoy desde el recuerdo que recorre su evocación. Hasta siempre.

Foto: Danuta-Assia Othman


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16 mar. 2012

Müang Sing. Capítulo 4

La opacidad de la atmósfera acompañaba cada movimiento en un camino envuelto por un baño de vapor que transformaba la humedad condensada en una ligera llovizna continua. Pequeñas gotas flotaban en el aire empapando a todo lo que encontraba a su paso. Cuando la vista se acostumbra no sin esfuerzo a reconocer esos planos aproximados y la mente puede superar la primera impresión de aplastamiento, las manecillas de la brújula interna entonan la dirección adecuada. Solo es cuestión de tiempo.

La confusión que protagoniza la neblina aparece menos complaciente a la vista pero es aquí donde el oído y el olfato, esos sentidos más próximos al alma, encuentran satisfacción. Renacen bienes que se creían desaparecidos: el silencio, el frescor y la paz. Un silencio musitado por el caminar de otros que, como tú, se dirigen al mismo destino, el mercado. Un lugar que simboliza las grandes ocasiones de la vida colectiva que expresan la diversidad de gustos y actividades en un equilibrio específico. ¿Cuándo llegaré? Te preguntas de nuevo.

Desalojo los bolsillos de mi memoria y me doy cuenta que nunca antes había asistido a un fenónemo de tal calibre. Curiosos y aventureros sabrían sacarle el jugo a la emoción de descubrirlo. Sin pestañear, de vez en cuando se adivinaba el trazo de alguna construcción que nos advertía que estábamos a punto de llegar. Y así fue, la diversidad de los matices de una variedad étnica sin parangón, recibe al viajero en una visita de lo más prometedora. Un espectáculo que presenta a la sensibilidad (europea) otro orden de dimensión. Un cóctel de lo más estimulante para los sentidos.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman
 
El mercado abre sus puertas entre las seis y las nueve, acechado por la llegada del alba. Cada mañana, una representación considerable de grupos étnicos como los Akha, los Lü, los Hmong o los Yao, recorren largas distancias desde sus poblados situados a las faldas de alguna colina de esta región montañosa para venir hasta aquí, el mercado local de Müang Sing, con el objetivo de vender y comprar frutas, verduras, carne, pescado y artesanía, además de algunos productos importados del cercano vecino chino.Y es que para mezclarse con los lugareños no hay nada mejor que sentarse en alguno de los puestos de fideos (khao sòi) que discurren al fondo del bazar, o deleitarse con alguna de las sabrosas especialidades culinarias locales como los dulces hechos de arroz glutinoso y coco.

La bruma empezaba a disolverse, mientras la capa se reducía primero por la derecha y luego por la izquierda hasta finalmente desvanecer por completo. El día comenzaba en una serenidad de tranquilo y exquisito fulgor. La suavidad de la luz de las primeras horas de la mañana se desperezaba ante una idiosincrasia que, vista desde fuera, pertenecía a un orden distinto de la nuestra. Un lugar sensorial de placeres y desagrados.

De arcana belleza, el mercadillo comprende poco más de cuatro vías de acceso, marcadas por los productos que sus comerciantes colocan a ras de suelo. Tan sólo interrumpido por la techumbre metálica que acoge a los puestos de artesanía y comida preparada. De dimensiones reducidas, la duración de nuestra visita dependerá en gran medida de nuestro grado de observación, pues nos encontramos probablemente ante el mejor mirador espontáneo para disfrutar de la belleza de la heterogeneidad de las gentes que habitan el norte de Laos. Algo que debería figurar en la lista de obligaciones de todo el que recale por aquí.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Los prodigios cotidianos se suceden en este rincón que permite tomar la temperatura a la diversidad del país. Sin llegar al bullicio que suele caracterizar a este tipo de comercio, el guirigay lo encontramos en la sección dedicada a la compra-venta de animales vivos de todo tipo: gallos y gallinas, cerdos, ranas, insectos y otras especies difícilmente de identificar, componen un surrealista alboroto que permanece ajeno a su fatídico destino. Mientras deambulaba entre bocado y bocado, la reflexión apareció bajo esta fascinante epidermis, un enriquecedor tejido social patrimonio de unas costumbres, creencias y formas de vida forjadas con el paso de los años. 

Dispuesta a saciar mi último capricho gastronómico, me senté en una mesa donde decían servir la mejor sopa de fideos de Müang Sing. Rodeada por algunos hombres ya servidos, me miraban de reojo sorprendidos, quizá, ante un rostro cuyos rasgos no eran familiares.  Compartimos el silencio intercalado por los sorbos algo ruidosos de quienes todavía no habían terminado su plato. La curiosidad de unos y otros nos llevaba a cruzar miradas hasta que uno de ellos se dirigió hacia mí y empezó a hablar.
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13 mar. 2012

Müang Sing. Capítulo 3

La noche se anunciaba fría. El viaje a destiempo parecía haber sorteado el azar de los imprevistos que asaltan a menudo al camino. O eso pensaba yo. Y es que la sensación de que el asunto no había acabado todavía me acompañaría un buen rato. Sin demasiado tiempo para meditar las consecuencias de aquella maratoniana jornada, entré en lo que parecía los restos (irre)conocibles de lo que había sido un hostal. Un cielo a contraluz se asomaba y se confundía entre las rendijas de cuatro ventanales algo destartalados, una iluminación arrinconada que se mezclaba con la luz ténue que desprendía la única bombilla del recibidor. Añádese el detalle de que la inmutabilidad acorralaba hasta el último rincón de aquella solitaria recepción, abandonada a la soledad del final del día.

Decidí esperar. Cuando ahora piensas en el tiempo que pasaste en aquella parte del mundo, lo primero que te viene a la memoria es la atmósfera reservada y enigmática, la fragancia de un aire etéreo, irreal. Apenas un escaso mobiliario compuesto por un par de mesas y algunas sillas, decoraban el espacio. Un espacio apático donde la penumbra del lugar lo abrazaba todo, acentuada por la aspereza de un suelo todavía por pulir. 

Una vez más, puse el contador a cero y continué esperando a que apareciera alguien. De pronto te sorprendes de la capacidad que tienes de adaptarte a las limitadas circunstancias, te resulta estimulante descubrir que puedes apañártelas con casi nada. Prolongas tus pensamientos durante no sabes cuánto. Y cuando parecía que te ibas a instalar allí mismo con tu saco de dormir, apareció una mujer de mediana edad y musitó: "May I help you?" Sorprendida por su inglés (resulta complicado encontrate en Laos a alguien que hable otro idioma), le respondes con el más aliviado "Yes" que encuentras. "Por fín", murmuras esperanzada.

Con la suerte aún pegada en los talones, acompañé a la señora hasta mi habitación. Mientras, miraba a mi alrededor en un intento por aprehender los matices fugitivos de unas paredes que parecían estrecharse en la nostalgia del recuerdo. El silencio permaneció con nosotras hasta que me entregó la llave del cuchitril. Reflexionas y te das cuenta que hacía mucho tiempo que no dormías sola, arrastrada por la competitividad de los precios que ofrecen los dormitorios colectivos. La sugestión de un género de vida que nos persuade de que hemos retrocedido imperceptiblemente en el tiempo, sería una buena forma de describir aquel espartano habitáculo. Tras husmear los cajones del único mueble, me tumbé con lo puesto en aquel camastro. Estaba demasiado cansada como para detenerme en las incomodidades que supondría dormir en una deslucida y pobre cama.

Fueron unas reconfortantes y reparadoras horas de sueño hasta que me desperté sin saber muy bien dónde estaba. Al poco tiempo comprendí que mi apetito había interrumpido ferozmente el sueño. No es para menos, estaba hambrienta. Miré el reloj, era demasiado temprano, seguíamos de madrugada y no tenía nada para saciar la voracidad de mi apetencia. Permanecí acostada hasta que recordé que un viajero me había hablado de un mercado local que abría sus puertas al alba. Un lugar excepcional, aseguraba, para empaparse de diversidad étnica y deleitarse con exquisiteces locales. Tentador.

Decidí intentarlo, no debía estar muy lejos. Al fin y al cabo, Müang Sing no era más que cuatro callejuelas cortadas en cuadrícula. Una aventura de nivel uno si no fuera por la bruma espesa y fría, más cegadora que la noche, que me encontraría nada más salir. Ni se disolvía, ni se movía. Estaba precisamente allí, rodeándote como algo sólido e impenetrable. El resto del mundo parecía no existir. Seguía avanzando 'a ciegas', dejando de un lado el mapa y sacando del bolsillo la intuición, hacia un destino para mí desconocido. Oculto en algún lugar fuera de la vista, cuyas únicas coordenadas manifiestas eran el frío, la niebla y una densa bruma.

                                    Foto: Josvan
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10 mar. 2012

Müang Sing. Capítulo 2

Pues bien, como decía, la incertidumbre comenzaba a envolverlo todo de la misma manera que el resplandor circunda la luz. Sumida en la penumbra del crepúsculo, ahí seguía yo esperando, sin saber exáctamente a qué, a la supuesta misteriosa furgoneta que me conduciría hasta Müang Sing. Ya en plena oscuridad empecé a impacientarme, aquello constituía algo inesperado. No sólo no conocía el lugar, Luang Namtha, sino que me hallaba a más de diez kilómetros de ella. La posibilidad de pernoctar, a juzgar por la eterna espera, aparecía como una opción que no debía descartar. Sin embargo, todavía me aferraba a la tibia sospecha de que aquello tenía algún sentido. Sólo debía ser paciente y confiar. Después de todo había apostado por ello y, al menos, tenía que intentarlo.

La porción más suculenta del trayecto estaba por llegar. Y así fue. Cuando ya me disponía a sacar el diccionario en busca de las palabras que me llevaran hasta la ciudad más cercana, apareció la polvorienta y desvancijada camioneta. Una voz masculina algo áspera musitó "¿Müang Sing?", "Mi" ("sí"), respondí algo desconfiada. Tras algunos esfuerzos, averigüé que taradaríamos algo más de dos horas. Un tiempo que, como siempre, termina dilatándose por motivos imprevisibles y sorprendentes a partes iguales. Y es que apenas habían transcurrido unos minutos que el conductor detuvo el vehículo en medio de la carretera para mi asombro. "¿Pen-nyang?" ("¿Para qué?"), le pregunté algo inquieta. El tipo no contestó nada, se limitó a hacer algunas llamadas mientras salía y entraba del furgón una y otra vez. Abandonada a la lectura ante la imposibilidad de comprender con exactitud lo que sucedía, rogaba en silencio que retomáramos el camino. Debió pasar algo más de media hora hasta que volvimos a arrancar. Esta vez, suspiraba, sin más paradas.

Foto: Google

La opacidad de una noche sin luna dificultaba la visibilidad por las sinuosas y cerradas curvas en un balanceo continuo a prueba de mareos. Momento en el que recordé que apenas había probado bocado durante todo el día. Mal asunto. Mientras, el silencioso taxista conducía con aspecto de atención concentrada. Debía conocer muy bien el camino, pensé en un intento de no abandonar la confianza de llegar entera. Su rostro parecía avanzar y retirarse en la oscuridad de las tinieblas con las oscilaciones regulares que provocaba el cruce de los coches que viajaban en sentido contrario. Y cuando la camioneta parecía estar a punto de emitir su último suspiro, llegamos a Müang Sing. 

La ruta hacia tierras desconocdias había llegado a su fin. Respiré aliviada. Un cielo de color humo nos daba la bienvenida rodeado de un halo de misterio de esos que desprenden las ciudades enmudecidas presas de un aire que parece murmurar historias de unos tiempos ya desaparecidos. Su contemplación producía una impresión algo incómoda y perturbadora a la vez. El conductor redujo la velocidad mirando a un lado y a otro de la ventanilla en busca del hostal que le había indicado no sin dificultades. La calle principal de aquel desaliñado y pequeño pueblo aparecía abandonada a su suerte. Tan sólo las centelleantes luces de algunos establecimientos nos alumbraban el lento recorrido. 

Transcurridos unos minutos, tal vez más, nos detuvimos ante lo que parecía un hostal. El único que permanecía abierto a esas horas. La entrega y cortesía de un puñado de kips laosianos, puso final a aquel viaje difícilmente de olvidar. Ante mí, emergía un nuevo capítulo en esta singular aventura que me había llevado hasta un lugar llamado Müang Sing.
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7 mar. 2012

Müang Sing en cinco entregas

En un primer momento, todo paisaje se presenta como un inmenso desorden que permite elegir libremente el sentido que prefiera dársele. Así, a las faldas de lo desconocido, me encontraba en el paso fronterizo de Huay Xai (Laos) cuando me dispuse a encaminar mis pasos hacia algún lugar de la siempre bella y enigmática 'Tierra del millón de elefantes'. 

Opciones, como de costumbre, tantas como uno quiera y pueda. Siempre y cuando, claro, el viajero esté dispuesto a dejarse llevar por un tiempo desvirtuado fruto de caminos aletargados que dilatan cualquier distancia por pequeña que sea. Y todo ello, enfrascado en una angosta furgoneta de dudosa conducción y repleta hasta límites insospechados. Un espacio que, a pesar de sus reducidas dimensiones, surgen historias. Relatos construidos sobre rápidos apuntes, inspirados por la oralidad de los locales. Una experiencia que ningún trotamundos debería pasar por alto.

Foto: Danuta-Assia Othman

Así pues y sumida en el ejercicio de síntesis al que se deben los mapas, me dejé llevar motivada por la autenticidad de semejante entorno y su gente. Después de algunos consejos espontáneos de quienes pasaban por ahí, decidí viajar hasta un curioso lugar al que el estereotipo actual había dotado de diversidad etnográfica. Una pequeña población situada a tan solo diez kilómetros de la frontera china que, como en los paisajes exóticos de Henri Rousseau, sus seres alcanzan la dignidad de objetos, donde cada uno ofrece una significación particular. Un territorio patrimonio de una rica historia marcada por el contacto con chinos, tailandeses, birmanos y franceses. En definitiva, un lugar excepcional para observar la heterogeneidad étnica del país.

Foto: Danuta-Assia Othman

Decía en líneas anteriores que nos encontramos en un rincón del globo donde la dimensión temporal acontece en otros términos, otras latitudes que se mueven en una desaceleración constante. Como peaje en este viaje hacia tierras extrañas, tuve que hacer parada y transbordo 'no garantizado' en la provincia montañosa de Luang Namtha, meca del senderismo clásico y tradicional donde acostumbra a quedarse el grueso de los extranjeros. El día había avanzado lo suficiente como para que empezara a anochecer, un sol que comenzaría a descender rápidamente, anuncio de los momentos que seguirían. Una señal que sin duda no iba a resultar de gran ayuda si quería llegar esa misma noche al destino elegido.

Había llegado a la estación de autobuses, una terminal que lejos de aparentar lo que era, más bien parecía un páramo completamente olvidado, situado a las afueras de la ciudad. Las posibles ventanillas que proveían al público los asientos habían colgado el cartel de cerrado a juzgar por la ausencia del personal. Sin demasiada idea de qué hacer, intercambié como pude algunas palabras con los pocos locales que deambulaban ociosos por ahí. Tras un par de llamadas, un tipo me aseguró convencido que al poco tiempo partiría una camioneta hacia Müang Sing. Desde dónde y a qué hora eran dos cuestiones que todavía tendría que averiguar. Algo escéptica, acepté su propuesta sin la certeza de saber a dónde iba. 

Continuará...
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4 mar. 2012

Viajes, husos y deshusos horarios

Limbos temporales entre el punto de partida y el destino. Escenarios singulares donde el tiempo, tal y como lo conocíamos hasta ese momento, es reemplazado por otra dimensión. Una dimensión ahora dilatada y suspendida. No importa cuántas veces hayas viajado. 

Los contornos definidos de esta medida aparecen desdibujados en un desorden y absoluta quiebra de lo normal, lo cotidiano y lo razonable. Un cambio de ajustes, para más inri, que desbarajustan hasta al viajero más curtido. Una tarea harto complicada cuyo precio, además del propio vuelo intercontinental, es el de alertar los patrones de sueño. Desincronización, por cierto, enemiga de sonámbulos, noctámbulos y funámbulos. Y es que, por lo visto, el reloj interno tiende a prevalecer cuando viajamos.

Sujetos a la agitación y el desconcierto que provoca la línea imaginaria del Cambio de Fecha (opuesta al meridiano de Greenwich), asistimos aturdidos y agotados a esta efectiva máquina del tiempo. Un espacio donde jugar con el ayer, el hoy y el mañana, si uno logra, claro está, vencer a sus 'efectos secundarios'. A esta paradoja temporal, recordemos, se vio sometido el personaje del solitario y flemático caballero inglés Phileas Fogg en la novela "La Vuelta al mundo en 80 días" de Julio Verne, cuando creyó (erróneamente), haber tardado 81 días.

Y es que viajar a otras latitudes conlleva algunos riesgos como el de tener el ritmo circadiano de vuelta y media (aquello que conocemos como jetlag). Pero, no se retiren todavía, no todo es confusión y desorientación, sino que este trastorno común del viajero tiene algunos beneficios como el de (intentar) ganarle la batalla al tiempo.

Así que si quieren ser los primeros en saludar cada nuevo amanecer, cada nuevo año y ya puestos, cada nuevo milenio, sepan que tendrán que viajar hasta la isla de Tonga, un archipiélago de islas situado en la Polinesia Occidental, en aguas del Pacífico (Oceanía). Como diría el escritor y viajero Sánchez Dragó: "¡Viva el jetlag!".


Foto: Google
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1 mar. 2012

Melaka, un paseo fuera del tiempo

Hay otra Melaka, la primera, la más auténtica, la madre de todas las demás. Una Melaka que nos permite otear el horizonte de un pasado enquistado y contemplar los restos del ayer, privilegio de un viaje en el tiempo. Un espacio legendario, un lugar ya de por sí lleno de magia en su realidad física. Objeto de contemplación y reflexión, el sol desciende a la superficie pulida de un mar en calma y nos invita a sumirnos en el rincón del recuerdo, testigo del patrimonio multicultural y de las tradiciones que aquí se forjaron en el transcurso de los siglos.

Una multitud de influencias asiáticas y europeas han dado a 'la ciudad histórica de Malasia' un rostro e identidad sin parangón. Mezquitas, iglesias, templos chinos e hindúes se suceden junto a museos y anticuarios en unas calles que desprenden nostalgia y encanto a partes iguales. Y es que el que fuera un importante centro de negocios en el tráfico marítimo hacia Oriente motivó la llegada de comerciantes procedentes de China, de India y de la Península Arábiga. Entretanto, portugueses, holandeses y británicos protagonizarían, por este orden, la incursión colonial. Un asunto que acabaría en 1956, año en el que Malasia proclama su independencia.

Foto: Danuta-Assia Othman


Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Así es Melaka, una idiosincrasia marcada por la estrecha relación entre el ayer y el hoy. Una riqueza que encuentra en la arquitectura, la historia y la cultura su máxima expresión. Un reclamo más que suficiente para acercarse hasta este estado situado en la zona meridional de la península, a tan sólo 145 kilómetros de la capital. Un paisaje imantado para viajeros y artistas que no dudan en sucumbir a los irrenunciables atractivos que aguarda a quienes decidan viajar hasta ella... Apacible, soñolienta, plácida y serena, son algunos de los adjetivos que visten la personalidad de este lugar. Aunque, por muchos pluses que se le añadan, el verdadero plato fuerte será siempre su asombroso tejido etnográfico.

Foto: Danuta-Assia Othman

Buscar la esencia de Melaka es abrirse paso, ventilar cualquier idea preconcebida (siempre enquilosada), y regalarse a los pequeños placeres y a los instantes eternos que ofrece esta encantadora localidad. Una fusión de gentes compuesta por los peranakan (comerciantes chinos casados con mujeres malayas), los chitties (de herencia hindú y malaya) y los euroasiáticos (nacidos de malayos y portugueses) conviven entre edificios de un bien conservado distrito museístico que evoca una breve historia de casi todo. Alejada de la impaciencia que gobierna en otras ciudades acosadas por el instinto de reonovación en una especie de eterna juventud transitoria, Melaka abraza la memoria de los tiempos.

Melaka, 'la ciudad histórica de Malasia', remarcábamos en líneas anteriores. Un dato no por repetido menos sorprendente. Vestigios cuyo rastro se mantiene perenne, para suerte y beneficio del visitante. En los festines del pasado encuentra su ser y su justificación. Un lugar genuino que, como el buen vino añejo, te dejará siempre con ganas de repetir.
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