5 jul. 2012

El exilio birmano

En la delicadeza de unas líneas que separan, marcan y fragmentan algo más que una extensión, subsisten desde hace décadas en campos de refugiados entre 130.000 y 200.000 birmanos. Funambulistas de un destino oprimido por el ejército birmano, se convierten en acróbatas de la delicada y quebradiza cuerda floja que sustenta sus vidas.

Un destino suspendido en un dilatado paréntesis que espera (im)paciente en los márgenes de la única carretera que atraviesa las herbosas cumbres dentadas del norte de Tailandia. Una imagen que el marco de la ventanilla de la furgoneta en la que voy sentada, retiene la escena por unos instantes haciendo de ella un vívido cuadro. Un cuadro compuesto por una frontera que acoge a diez campos de refugiados, una población indígena en su mayoría perteneciente a la etnia karen que llega en busca de asilo frente a las graves violaciones de derechos humanos que la junta ha perpetuado.

Foto: Nicolas Asfouri.

Es el alfa y el omega, aquí comienza y acaba todo. Una esperanza tal vez truncada que depende de la ayuda humanitaria, pues el gobierno tailandés no les permite salir de los campos, renunciando así al acceso de una ciudadanía y la posibilidad de trabajar libremente, me cuenta Mery, una voluntaria que trabaja con aquellos que no 'tienen tanta suerte' y viven a la sombra, en la inseguridad y el miedo de una posible deportación. Reducimos la marcha en un intento por retener aquella imagen que el negocio mediático se ha ocupado de mantener en la perifera, desviando un necesario y urgente foco de atención. Le pregunto a Mery si podemos entrar pero me dice que no, necesitaríamos una acreditación difícil de conseguir.

Persigo con la mirada la estela de unos rostros confinados tras las alambradas de espinos que rodean a esta prolongada situación de refugio sujeta, en inquietantes ocasiones, a los temidos programas de reasentamiento. Avanzamos en una ruta ensombrecida por la reflexión de un bandera que ondea, a media asta, injusticia y sinrazón.

 

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