11 jul. 2012

Kep, 'el Saint-Tropez camboyano'

No tiene bancos ni cajeros automáticos. Tampoco abunda la oferta de pomposos alojamientos diana de bolsillos pudientes y holgados. Su atmósfera desprende una relajada dejadez donde los días transcurren a merced de unos vientos que soplan a placer.

Recorro sus descampadas calles mientras mi imaginación viaja a los tiempos en que esta pequeña localidad en la costa sur de Camboya, se transformó en una suerte de retiro colonial francés. Un pasado elitista, el Saint-Tropez camboyano, a quienes los colonos franceses bautizaron 'la Perle de la Côte d'Agathe'. Y es que en este pueblo costero, los tiempos pretéritos forman parte de un presente aletargado, fruto de una inactividad marcada por el régimen de los jemeres rojos, hoy convertido en un sosegado paraíso para reposo del viajero.

Un césped montañoso cubre los frondosos alrededores que la custodian. Un boscoso abrigo que proteje este lugar colgado en el tiempo, donde las villas de principios de siglo XX todavía conservan sus estructuras decrépitas, evocando así el espíritu de unos tiempos despreocupados. Tras unas semanas entre el ardoroso pavimento de Phnom Penh, el sur me pareció inesperadamente fresco y lozano. Sus campos, de rostro cetrino, anunciaban el comienzo de la estación seca, mientras que las migajas de una sutil lluvia confería una húmeda riqueza al aire que resultaba casi dulce.

Seducida por el rumor de una hilera de chozas frente al mar, encaminé mis pasos hasta lo que parecía un espontáneo mercado pues la vida, en este rincón, está ligada a los recursos que proporciona las aguas del Golfo de Tailandia. El trasiego del gentío a la caza del mejor marisco y, en particular, el afamado y popular cangrejo que conservan vivos en cestas atadas junto a la orilla, rotulan el paisanaje gastronómico de Kep. Una delicia sazonada por la no menos admirada pimienta de su vecina Kampot. Una motivación para muchos más que justificada por la que acercarse hasta esta soñolienta localidad.

Foto: Danuta-Assia Othman

Los robinsones vocacionales encontrarán aquí un destino en un aparente enclave de aire silencioso, tan sólo interrumpido por el rumor de un oleaje que nos hace levantar la mirada y depositarla en el horizonte de límites indefinidos que ofrece. 

Foto: Danuta-Assia Othman

1 comentarios:

Viajes Nueva York dijo...

Romántica ciudad con nostalgia de tiempos pasados...

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